Han pasado ya varios días desde que la tierra se nos movió de golpe y nos dejó un hueco difícil de llenar. En algunas comunidades, los edificios cayeron como si hubiesen sido construidos con tierra seca. Antes del terremoto, los días se pasaban pausados, con una rutina de cuidado definida, horario de alimentación, algunas citas médicas, pero todo parecía transcurrir de manera lenta y serena. Ahora, los minutos valen oro y cada apoyo que recibimos se siente como una gota de agua en el desierto.
He cuidado a mamá desde hace más de diez años. Vivimos las dos en la casa familiar ubicada en La Guaira y poco a poco nos hemos convertido mutuamente en nuestro mejor motivo para seguir vivas. Hace una década nuestra vida cambió tras un accidente aparatoso que hizo que la vida de mamá y la mía se transformaran definitivamente. Quizás en algunos momentos habíamos hablado sobre lo importante de tener apoyo o una red de amigas que nos cuide, pero más temprano que tarde, se nos hizo realidad este pensamiento. Ella siempre había sido muy activa, profesora desde muy joven en colegios públicos y cuidadora de corazón.
Siempre hemos sido las dos, porque las figuras masculinas no han estado presentes en nuestras vidas y tampoco las necesitamos. Desde su accidente, poco a poco me he convertido en su apoyo para realizar tareas diarias, como ducharse, ir al baño, cambiar la ropa, tomar alimentos, y muchas otras más..
El día del terremoto recuerdo que estábamos en casa tomando una aromática y de repente sentimos que el mundo colapsó. Fueron segundos de terror y yo solo pensaba en cómo podría mantener su vida e integridad en momentos en los que ni siquiera podía pensar en mi vida. Pudimos salir como pudimos y vimos un torbellino de gente y de polvo que nos atravesó. Luego sonaron estruendos que siempre recordaré. Al final solo quedó el silencio y las lágrimas al darnos cuenta de que estábamos vivas, y que muchas de las personas conocidas en el barrio no contaron con la misma suerte.
Nuestra casa quedó quebrada. La mitad del techo se desplomó, así como los muros de afuera. En ese momento sentí mucho miedo. Mucho más que en el momento del terremoto. Sentí que el cuidado de mi mamá iba a depender completamente de mí y de lograr alguna ayuda humanitaria. Esa noche pudimos dormir donde unos vecinos que nos acogieron y desde ese momento hemos sentido la verdadera fuerza del cuidado colectivo. Nos ayudaron a conseguir los medicamentos así como un alojamiento temporal. Aquí estamos vivas, acompañadas y sintiendo que la fuerza del apoyo de quienes nos rodean es una red necesaria para sobrevivir a la peor crisis.
No hemos recibido ningún apoyo del gobierno, ni lo esperamos. Lo que sí hemos sentido es la solidaridad tanto de quienes aquí han venido a ofrecer su apoyo como de iniciativas de otros países que nos han tocado el corazón. No puedo negar que me siento muy cansada y a veces quisiera poder hacer relevo en el cuidado diario. Al menos he tenido la fortuna de contar con mis vecinas, que, como pueden, nos tienden la mano para que juntas podamos sobrevivir a este remezón.
Gracias a quienes piensan en las que cuidamos y quienes requieren apoyo y cuidado en estos tiempos. Sentimos sus abrazos a la distancia.



